¡VENEZUELA MÁRTIR! LA CIGARRA Y LA HORMIGA

 

Juan José Gabriel Galán Acevedo 

Hace un calor muy agradable en el que todos nos sumergimos. El tiempo pasa y cada día encontramos que nuestra vida es extremadamente atractiva. Disfrutamos de todo lo que nos rodea, un clima insuperable, unos apetitosos manjares, compañías atractivas y todo aquello que hace la felicidad de cualquier humano.

Pero la ausencia de preocupación contribuye de una forma definitiva a una aparente felicidad que durará para siempre.

La visión de futuro se manifiesta obscurecida en todo lo que no alcanza más allá de lo que nuestros ojos son capaces de vislumbrar. Tenemos un país inmensamente rico con todo tipo de exuberantes medios que nuestra naturaleza nos ofrece, con reservas naturales abundantes, para ayudar nuestro disfrute y mantenimiento. Nunca nos cansamos de utilizar de forma exageradamente egoísta lo que la Naturaleza pone a nuestra disposición.

No hay problema, esto no tiene fin y lo conseguimos sin ningún esfuerzo. El tiempo pasa y parece que nuestro patrimonio nunca es suficiente. ¿Para qué preocuparnos cuando simplemente levantando la mano alcanzamos todo lo que podamos desear en esta vida? La riqueza nos rodea por todas partes y nosotros no le hacemos asco a todo ello y sabemos cómo disfrutarlo.

Somos conscientes, y lo que posemos no nos parece bastante, tenemos que organizar lo que podríamos llamar un colchón, no de reserva, sino simplemente para incrementar al máximo nuestra riqueza personal.

Cuentas subterráneas, negocios con toda clase de subterfugio, tráfico de productos, legales o ilegales ¡es igual! Tenemos la capacidad de controlar la riqueza y los poderes públicos, jurídicos, militares y policiales. Nuestro país no necesita ningún tipo de inversiones en todo aquello que incide en el desarrollo, ni en promover investigación, actividad económica alguna, y en consecuencia en empleo y bienestar de los ciudadanos.

Esta formulación de intenciones oculta sobre todo una pereza mental, consecuencia de la riqueza de aquellos que no ven motivo de cambiar una actitud conformista y egoísta con lo que podría suponer un futuro para quienes no son como ellos, sino que fundamentalmente dependen de ellos y de su postura realmente condenable.

Estos son los que, como políticos o sus adláteres, tuvieron en sus manos la posibilidad de convertir un país enormemente rico por sus riquezas naturales, en un ideal de justicia social y desarrollarlo basándose en su enorme potencial económico. No solamente no se esforzaron, sino que, además, con su pereza e ineptitud, esquilmaron el País utilizando la corrupción para el enriquecimiento de unos pocos.

El pueblo ha vivido estas situaciones una y otra vez, con unos partidos políticos u otros, con una falta de visión que dice muy poco en su favor. Sin embargo, todos sabemos cómo, el así llamado pueblo, no ha recibido una información y una educación que les facilitara la posibilidad de discernir una opción de otra.

Desgraciadamente las opciones que se les ofrecían no eran realmente fiables como se demostraba una y otra vez. Las diferentes opciones eran todas ellas música celestial ante los electores, y su sonido llevaba dentro de sí un ensimismamiento que deslumbraba en sus propuestas, y el Pueblo caía una y otra vez en la trampa, de un lado o de otro. II Ahora es el momento de contemplar el nuevo período, ha llegado el invierno. Miramos a nuestro alrededor y contemplamos el panorama actual en su crudeza. ¿Cómo hemos dejado pasar el tiempo sin pensar que la nueva estación se nos venía encima? Ya no oímos los cantos de sirena que nos tenían embelesados, y que nosotros nunca fuimos capaces de distinguir entre los sonidos limpios y nítidos que algunos honestos compatriotas estaban ofreciendo, y cuya armonía era contrapuesta a la que habían escuchado y elogiado en otros escenarios.

Quienes actualmente son los artífices de este momento que desafina, no están dispuestos a ofrecer un concierto recuperador y armónico, porque su interés, su avarienta actitud, deja fuera de cualquier posibilidad a quienes, siendo más débiles y con poca capacidad de discernir lo auténtico de lo fraudulento, se entregaron en su día al pernicioso embaucador que tiene sus bolsillos saturados con todo lo que arrasaron, y que pertenecía a quienes no supieron descubrir la auténtica apropiación de lo que era patrimonio común.

No se puede desbancar, lo que está enquistado a todos los niveles en aquellos que almacenaron indignidad, sin un nuevo espíritu de justicia no revanchista, pero si con la absoluta decisión de limpiar las cloacas que se mantienen ocultas. Es una lección que puede asimilarse decididamente si se tiene la valentía, y sobre todo la honradez, de admitir una cierta actitud culpable, y en muchos casos interesada y egoísta.

Siempre podemos avanzar si somos conscientes de las razones y los motivos que nos engulleron ante nuestra indiferencia y en muchos casos colaboración culpable. Solo nos queda una opción honorable y justa: levantemos nuestra decisión y luchemos con nuestros argumentos y razones convirtiéndolos en una marea pacífica imparable. La cigarra, culpable, no nos cederá sus regalías en las épocas de abundancia. Tampoco la hormiga, con su egoísmo, nos sacará de nuestro marasmo.

Solamente nosotros, y nuestra fuerza espiritual, será capaz de alcanzar la auténtica resolución de aquello que nos fue arrebatado ignominiosamente. DE NOSOTROS Y DE NUESTRA DECISIÓN DEPENDE LA RECUPERACIÓN DE NUESTRA DIGNIDAD ¡ESTA EN NUESTRAS MANOS! Juan José Gabriel y Galán Enero 2020